Friday, December 30, 2005

La noche del oso perezoso


Anoche tuve el deseo de matarte, te llamé de nuevo para que fueras a mi casa y de allí salieras envuelto entre mi ropa, entre la de mis muñecas, entre mis medias.
El lío era que no tenía mucho tiempo para pensarlo, debía ser algo rápido y acertado, eso sí; debía tener mucho cuidado de no hacer ningún reguero, pues mis papás habían mandado a lavar las alfombras hacía apenas una semana.
Aún te quiero y por eso pensé que debía terminar contigo sin que sintieras dolor alguno, pero soy una ilusa porque si se trataba de un homicidio casero tendría que hacerlo bajo los métodos más rebuscados y menos sofisticados.
La primera victima fue el maldito teléfono, pues al escuchar en él tu voz y al sentirlo tan pequeño entre mis manos, con la impotencia de no poder apretarlo como si fuera tu cuello tuve que arrojarlo contra la pared; calcio, pintura, pasta y baterías. Qué buen aparato, esta mañana funcionó cuando llamaron de la compañía de televisión por cable.
Mis lágrimas quedaron tatuadas en las patas del oso que me regalaste y mis dedos perforaron la barriga de los ácaros de mi almohada. Timbraste y yo no estaba donde debía estar, clavé un puñal en mi mente,croquis y flores para otra, me tuve que calmar.

1 comment:

Anonymous said...

Calmarse. Sí, o pepetuer el deambular circular al interior de una reflexión laberíntica.
Semejante reflexión denota, sin lugar a dudas, un corazón inmenso que se tambalea, que se conduce con difultad, pues su tamaño lo hace frágil. Ay, gran corazón, dolorosamente lúcido que crece como un tumor benigno ganando espacio entre las entrañas, asfixiando y oprimiendo otros organos tan importantes como el páncreas o el hígado. Nada de ironía, nada de bilis.
este corazón terminará por matarnos.